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Paraguay, un pueblo donde ganó la esperanza (II)

Por Numa Molina S.J. (numamolinasj@hotmail.com ) 

Su campaña electoral.

Cinco obispos lo adversaron frontalmente durante su campaña,  mientras que el pueblo sencillo  lo apoyó incondicionalmente. Su  propuesta política la realizó  desde las comunidades eclesiales de base. Recuerda a un obispo que antaño recorrió tres veces Paraguay a lomo de mula. El en cambio lo recorrió tres veces pero en vehículo rústico. Las comunidades le donaban   el combustible para su jeep y él se quedaba donde le brindaran posada, en colchonetas por el suelo. Visitó los pueblos indígenas,  gesto este que ningún político había tenido hasta entonces en Paraguay.  No hacía discursos sino que se dedicó en sus giras a escuchar a la gente, nada más.

Ante esta decisión tomada, El Vaticano optó por suspenderlo “Ad Divinis”, que significa la prohibición de celebrar sacramentos. Intuye además que muy pronto le llegará de la Santa Sede lo que se conoce como “la reducción al estado laical”, que es por cierto, según Lugo, una expresión  peyorativa, no para el clérigo que sale , sino para el laico, porque es tanto como decirle quedas reducido a nada, como un laico. Se me ocurre una expresión mejicana: “ninguneado”.

Fernando cree que en América Latina se está despertando en el episcopado, aunque de modo muy sutil, la conciencia de un nuevo ministerio, el de la mediación. Podemos ver obispos en distintos lugares del continente ejerciendo un papel muy útil como  mediadores.  

Escuchar el curso de la historia.

No olvida, el electo presidente, lo que significó para él como experiencia en su diócesis, el Sínodo Diocesano. Fue una experiencia que se desarrolló en dos etapas, en la primera recogieron la historia de las comunidades cristianas y en una segunda etapa, que les llevó un año, la dedicaron a escudriñar los signos de los tiempos. Fue difícil encontrar un término que en Guaraní expresara el sentido del término. Al fin de cuentas el término más apropiado que encontraron fue  “arandú” que significa escuchar lo que acontece, discernir y explicar. Por ejemplo, hicieron discernimiento sobre la unidad. El obispo tiene que ser signo de unidad, afirma con una convicción que solo la experiencia puede ofrecer.

El nuevo presidente de  Paraguay piensa que no debe vivir en el Palacio Presidencial. ¿Cómo va a hacer? no tiene la fórmula. Está consciente que los manejos políticos tratarán de encapsularlo para que se aleje de su pueblo.

Recuerda agradecido cómo el pueblo humilde se las jugó el día de las elecciones. Personas que caminaban hora tras hora  para ir a depositar su voto mientras que el adversario   negociaba conciencias trasladando los electores desde sus casas y comprando con dinero el voto. La campaña de Lugo fue pura pasión de un pueblo que quería un cambio de rumbo para su país. Afirma hermosamente “lo mío fue una política casi pastoral”,  porque detrás de todo estaban los cristianos de a pie que siempre creyeron  en él.

El ex obispo de San Pedro sabe que el lado oscuro de lo político es perverso y desde ya ha percibido cómo “durante las veinticuatro horas del día” le llegan ofertas engañosas que solo buscan comprar su conciencia, pero él está claro que “la dignidad  y la honestidad no tienen precio” Y aduce: “el que no ama a su pueblo  que no se meta a hacer política ya que esta es como  arma de doble filo que, mal usada y sin honestidad, se convierte en una industria muy jugosa para hacer dinero”.

Lo que vendrá.

Ahora queda la gran interrogante por lo que será el gobierno de un obispo, que no deja de serlo aunque no administre los sacramentos,  porque la consagración sacerdotal   imprime carácter,  es  decir  se recibe para toda la vida.

Es la primera vez en la historia de la Iglesia que un clérigo con el grado de obispo llega a ser presidente de un país. Y la formación sacerdotal prepara para la bondad del hecho político mas no para estar en el ojo del huracán, donde se tejen los más oscuros intereses. Donde el espíritu de este mundo siempre está presto para escamotear las opciones de aquellos que, con un corazón sincero, creen que las bienaventuranzas de Jesús son posibles.

Paraguay vive una realidad política muy compleja producto de la hegemonía de un solo partido en el poder que hoy se levantará como gigante dormido a querer truncar lo que han sido los sueños de los de abajo. Corrupción y mentira  eran tema cotidiano en la vida de los paraguayos que se sentían impotentes ante la impunidad, y por otra parte un desgano total de apostar por el futuro del país. Hoy, como me comentaba Gabriel Ansurralde, jesuita paraguayo, “el país es el mismo pero con la diferencia que tiene esperanza con el triunfo de Lugo y eso ya es mucho. Los jóvenes hablaban de la moda o del artista que está en cartelera, ahora a los jóvenes se les oye hablar de política”.  Y continúa Gabriel afirmando “yo aun cuando no hiciera  muchas cosas,  solo con que gobierne honestamente por cinco años, sin escándalos de corrupción,  ya a ha hecho mucho para levantarle la moral al país”.  ¿Estará en condiciones Fernando Lugo para resistir las embestidas no solo de la burguesía incrustada sino también de los intereses exógenos que la apoyan?

Es un hombre culto y con una formación misionera capaz del aguante necesario. Solo que en este momento debe rodearse de los mejores, necesita un equipo de hombres y mujeres a toda prueba de honestidad,  capaces académicamente y convencidos de la existencia del mundo pobre, ganados para esa causa. Además, Fernando necesita,  desde ahora, establecer mecanismos para no dejarse encapsular. Pues serán muchos las propuestas sutiles o explícitas que le vendrán  para que  se aísle de su pueblo, donde no escuche las voces y el clamor de los empobrecidos que han apostado por él.  

¿Es el tiempo de la Iglesia en Paraguay?

Lo anterior nos lleva a pensar en la corresponsabilidad política. Lugo no seria el único culpable, si ocurriera un fracaso en su gestión. Los paraguayos también, aquellos a quienes él confíe encargos de gobierno y la Iglesia Católica como única institución creíble que a lo largo de la historia ha conservado el índice más alto de honestidad y estima. ¿No será acaso este  un  momento de retos para la Iglesia paraguaya? Si hoy tienen los obispos uno que salió de sus filas, como presidente de la república, ¿no sería este el momento de  dar su aporte para que, como dijera Lugo, desde una “política pastoral” el Reino de Dios acontezca?

Creer que un líder lo resuelve todo es siempre caer de nuevo en el ingenuo mesianismo. El éxito de una gestión solo ocurre cuando hay corresponsabilidad política en quienes lideran el proyecto y de los gobernados. Y esto   ocurre  cuando los actores están  apasionadamente convencidos de que su  acción política no tiene otro fin que el bienestar y la felicidad de un pueblo. Ya lo ha afirmado Lugo en varios de sus discursos  que “el fin último de la política es la búsqueda del bien común”. Si hacia allá camina el equipo de gobierno  del nuevo presidente, entonces podemos avizorar para ese gran país un “kairos”,  un tiempo de gracia en el que otro Paraguay es posible.  

 

 

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