El hambre crónica, que afecta en nuestros días a más de 850 millones de seres humanos, que provoca muerte prematura, enfermedad y discapacidad física y mental, se extiende ahora de modo alarmante debido a la crisis mundial de alimentos que en días recientes ha derivado en protestas y acciones violentas en países como Haití, Filipinas, Indonesia, Pakistán y Burkina Faso.
Cifras aportadas por el Fondo de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) indican que los ciudadanos de por lo menos treinta y siete países corren peligro de morir de hambre. La situación es tan grave que si no se lograra revertir a corto plazo, cien millones de personas en las naciones de más bajos ingresos podrían sumergirse en la miseria y aumentar las filas de los indigentes.
En un mundo que hace poco por combatir el hambre, y donde fallecen por esa causa al año más de cinco millones de niños y nacen veinte millones de lactantes con insuficiente peso, el encarecimiento de alimentos básicos como la harina de trigo, el arroz, los frijoles, el maíz, la soya y la leche en polvo ha venido a significar la gota que colma la copa o la tan socorrida chispa en el barril de pólvora.
En los países más pobres, el 60 por ciento del presupuesto familiar se dedica hoy a la alimentación, mientras las estadísticas permiten conocer que la factura por la compra de cereales en los países más pobres aumentará este año un cincuenta y seis por ciento, algo que no pueden enfrentar naciones que, al mismo tiempo, pagan cada vez más por el barril de petróleo, que este miércoles 16 superó en un momento la barrera de los 115 dólares en el mercado de Nueva York.
La mayor parte de los ochenta y dos países más dependientes de la importación de alimentos en el mundo son también hoy importadores netos de petróleo.
¿Cómo puede enfrentar esto un país como Haití, uno de los más pobres del mundo y que, paradójicamente, es el tercer importador mundial de arroz estadounidense? No por gusto en ese Estado caribeño se registraron en fecha reciente demostraciones y protestas airadas contra una realidad a todas luces agobiante. Este propio país es hoy uno de los destinados por los Estados Unidos a producir biocombustible. Los haitianos, por lo tanto, tendrán que dirigir los alimentos que no pueden consumir a la fabricación de etanol, cuando lo racional sería que acometieran la producción de arroz para disminuir la dependencia al mercado norteño y crear una amplia fuente de empleos.
Los precios de los alimentos han crecido estrepitosamente en los últimos dos años. La tonelada de maíz, por citar un solo caso, costaba 127 dólares en el 2002 y subió a 315 dólares el año pasado. Las causas de los aumentos son varias: el ascenso continuo y desmedido del precio del petróleo, que ha provocado el alza a su vez de la transportación y del proceso productivo; el encarecimiento de los fertilizantes; la especulación con diversas producciones agrícolas destinadas ahora masivamente a la fabricación de biocombustibles; el crecimiento económico de países emergentes, como China e India, donde ha aumentado el consumo de alimentos; la pérdida de valor del dólar; los conflictos bélicos en Iraq y Afganistán, y los eventos climáticos desfavorables, como los originados por La Niña, con su enfriamiento de las aguas oceánicas.
El peso de esas causas es tan fuerte que ha originado la crisis en momentos, incluso, en que la producción mundial de alimentos ha aumentado un 2,6 por ciento, lo que pudiera parecer incomprensible si no se mencionaran razones de tanto peso e inobjetables como las ya citadas.
La producción de biocombustibles con alimentos de amplio consumo humano es quizás la más sensible de las causas de la actual crisis, porque en ella están implicados productos de origen vegetal como el maíz en los Estados Unidos, la caña de azúcar y la soya en Brasil, el aceite de palma en Indonesia y el arroz en otros países.
El Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, tan cercanos a Washington y demás capitales de los países ricos, han admitido la conexión existente entre los biocombustibles y el aumento de los precios de los alimentos. Desde fecha temprana, Cuba ha rechazado la producción de agrocombustibles a costa del hambre de los seres humanos.
Dos investigadores de la Universidad de Purdue, en el estado norteamericano de Indiana —Corinne Alexander y Chris Hurt— aseguraron en un estudio de finales del año pasado que “la demanda de maíz y soya aumentó rápidamente durante los primeros años de la era de los biocombustibles...” Ello causó la subida de los precios de ambas cosechas.
La cadena de efectos maléficos se extiende sin parar. La carne de pollo, de cerdo y de res, así como los lácteos, igualmente han subido de precios con el encarecimiento del maíz y la soya, pues esos animales consumen esas producciones. Una harina de trigo más cara ha ocasionado que haya que pagar más por el pan y otros derivados.
La señal de alarma ya se ha hecho sentir. Para los más afectados la ecuación es sencilla: se trata de una situación de vida o muerte. La temperatura social planetaria ha subido amenazadoramente en los últimos días. El efecto más grave de la crisis mundial de los alimentos es la amenaza que ella representa para la estabilidad mundial. No resulta difícil suponer que millones de personas aquejadas por el ronco quejido de sus estómagos vacíos no se cruzarán de brazos y saldrán a las calles a protestar, a exigir medidas o a asaltar almacenes.
El secretario general de la ONU, Ban Ki-Moon, ha dicho que el encarecimiento del precio de los alimentos puede significar un retroceso de años en la lucha mundial contra la pobreza. El director general de la FAO, Jacques Diouf, indicó que la crisis no será pasajera, y la UNESCO alertó sobre una posible explosión social.
Se requiere voluntad política de los gobernantes para tomar medidas urgentes contra el hambre y los altos precios de los alimentos, se precisa hacer más productivas las tierras y aumentar los recursos financieros para que los países pobres generen comestibles, se necesita que el Norte haga posible un modelo de desarrollo más solidario.
La gran interrogante es: ¿contribuirán los países ricos a tales necesidades? La experiencia histórica hace pensar que no.
El autor es periodista especializado en temas internacionales.
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